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El circo

AFP
El circo debería ser un lugar de alegría y de distracción. Pero para algunos es muy triste.

Amilcar Bettega
París, Francia

¿Por qué el circo es triste? Teóricamente debería ser un lugar de alegría, de distracción y de espectáculo. Pero, en realidad, siempre es muy triste.

Tiene una pátina de melancolía que parece recubrir todo lo que forma parte de él. A partir del momento en que cruzamos el cerco metálico que delimita su espacio físico ya sentimos la presencia taciturna de este sentimiento de tristeza. Está en todo, forma parte de todo, desde las tribunas de madera o las sillas de plástico o hierro hasta la lona casi siempre de color, pero que nunca brilla; del aserrín que rodea el picadero hasta las cuerdas, de los trapecios y demás accesorios que cuelgan de lo alto como lágrimas estiradas que prometen números riesgosos del acróbata que vendrá hasta nosotros con su sonrisa congelada para recoger los aplausos que están de acuerdo con su tristeza.

Domadores de fieras, equilibristas, trapecistas, todos parecen tocados por cierta morbidez y al borde de las tragedias personales. Los payasos son los más tristes, siempre es posible percibir detrás del maquillaje que dibuja una enorme sonrisa en sus caras terminadas en indefectible punta redonda y roja una expresión cansada, derrotada por un sentimiento que contrasta vivamente con las peripecias falsamente graciosas con las que se esfuerzan por despertar las risas de la platea. ¿Por qué a diferencia del teatro, por ejemplo, la proximidad y la presencia física de los que realizan el espectáculo transmiten esta tristeza?

No sé de dónde viene esto. Y no hablo aquí tan sólo de los circos pobres, de esos que recorren pueblitos perdidos en el mapa, con lonas rasgadas y artistas que, ya maquillados, cortan entradas en la boletería y reciben al público para después correr al camerino improvisado detrás de una lona colgada para cambiarse de ropa y entrar al picadero, mientras la gente se acomoda en las gradas. También en los grandes circos lujosos, esos que cada tanto vemos por televisión con sus innumerables atracciones internacionales, verdaderas fábricas de sueños, aún en éstos el sentimiento de profunda tristeza está presente.

No sé si todo el mundo lo percibe o si en mi caso está ligado a algún recuerdo de los circos que pasaban por la ciudad donde nací cuando era niño, allá en el interior de Rio Grande do Sul.

Tampoco sé si todos los niños lo sienten así, pues muchos de ellos parecen divertirse de verdad durante un espectáculo circense. Yo también me divertía en aquel entonces. Y la perspectiva de una salida al circo, cuando presenciaba el desfile de las atracciones en caravana durante su llegada a la ciudad, era vivida con una enorme excitación. Entonces, la noche del espectáculo, los números que se sucedían, los artistas, aquellos rostros vistos desde tan cerca, todo aquello traía una gran ebullición a mi vida rutinaria y bastante previsible entre la escuela, los partidos de fútbol, las canicas y las carreras en bicicleta. También había una cierta atracción por lo extranjero, que aquellos artistas saltimbanquis encarnaban tan bien. En sus movimientos, en sus diálogos y sus modales traían la experiencia de la vida en otros lugares distantes, lo que para un niño ávido de conocer el mundo significaba mucho.

Por tanto, es obvio que cuando el circo pasaba por la ciudad me traía alegría. Pero al mismo tiempo nunca dejé de percibir, con bastante nitidez, que detrás del brillo de la purpurina, las sonrisas, los brazos abiertos al final de la presentación existía de manera casi palpable este sentimiento medio difuso de algo que cortaba la alegría, que escapaba por debajo, una cosa conmovedora y dolorida.

Me acordé de estos sentimientos cuando llevé a mi hija a un pequeño circo instalado en un parque del 20° arrondissement de París, cerca de Nation. Era pequeño, yo diría una empresa familiar, el jefe de la familia realiza casi todos los números del espectáculo, desde el acróbata hasta el payaso, su esposa corta los boletos en la entrada y presenta los números, el hijo de nueve años, vestido de vaquero, realiza algunos trucos con un lazo y demuestra su habilidad como malabarista, y una niña de unos doce, con una malla de ballet enfundando un cuerpo indeciso entre la infancia y la adolescencia, hace equilibrio con dificultad sobre una cuerda de acero con una sombrillita minúscula en la mano derecha. Son todos los artistas del circo, además de unos pocos animales amaestrados para hacer alguna pirueta.

Por otra parte, el público estaba compuesto, casi en su totalidad, por niños acompañados por sus padres o abuelos, y ellos claramente se divertían, sin ninguna duda. Pero me pregunto si ellos tampoco percibían, en el fondo, la melancolía de esas personas esforzándose para arrancar una sonrisa y un aplauso de cada uno de ellos.

Cuando terminó el espectáculo conversé con la pareja: los gerentes, los dueños, en fin, el circo en persona. Les dije, más o menos, todo esto que estoy diciendo ahora. Y también les dije otras cosas, algo que pensé mientras miraba el espectáculo. Ellos se mostraron muy receptivos. Hoy cumplo ya dos meses en el circo. Me dieron el personaje del payaso Batata, diciendo que sería el más fácil al principio, ya que todavía no había aprendido a hacer ningún malabarismo o acrobacia.

Hice un gran esfuerzo, normalmente a los niños les gusta. Ayer vino a ver el espectáculo mi hija acompañada por su mamá. En determinado momento ella me miró fijamente, muy seria, no sé si reconoció mi cara detrás del maquillaje. Pero al final del número, cuando la niña equilibrista me saca la silla y me caigo de cola al piso, soltó una enorme carcajada.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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