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AFP
Wajda recibió el oso de oro a la trayectoria en la Berlinale06.
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Hay las llamadas películas influyentes, o sea, aquéllas que contribuyeron a la formación cinematográfica de una determinada persona en un determinado momento de su vida, generalmente identificado entre la adolescencia y la juventud. Una de esas películas para mi trayectoria de amante cinematográfico fue, con toda seguridad, Cenizas y diamantes (Popiól i diament, 1958), del realizador polaco Andrzej Wajda, que cumple este año sus 50.
Si, actualmente, el cine polaco está en baja, en los años 50 y 60 era una referencia para todos los que se decían cinéfilos y cinéfilos fanáticos, como era moda en la época, en los medios más intelectualizados, artísticos y universitarios. Recuerdo un libro de tapas moradas sobre esta cinematografía que era ostentado por dichos cinéfilos, y que lo adquirí, tiempo después, de segunda mano, pero prestado, se perdió para siempre (nunca se debe prestar libros, salvo si el móvil del elemento volitivo sea el de perderlos).
El cine polaco tomó impulso y se proyectó internacionalmente inmediatamente después de la desestalinización, lo que le permitió a los artistas polacos una expresión más libre de sus sentidos y vuelo en su imaginación ya liberados de la camisa de fuerza de la Era Stalin. Los realizadores que se destacaron en ese escenario: Wajda, el principal, Jerzy Kawalerowicz con la intrigante Madre Juana de los Ángeles (1961) -la posesión de monjas en un convento como rito y como metáfora-, Andrzej Munk, que, muerto prematuramente en un accidente, dejó una obra fundamental inacabada, La pasajera (1964); Wojciech Has, autor del insólito El manuscrito encontrado en Zaragoza (1965), entre otros. Hubo también, en Checoslovaquia, un boom semejante. ¿Quién, con más de 30 años, no se acuerda de Un día, un gato (1963), de Vojtech Jasny o Trenes rigurosamente vigilados (1966), de Jirí Menzel, o, también, Los amores de una rubia (1965) y ¡Al fuego, bomberos! (1967), ambas de Milos Forman (sí, el realizador de Atrapado sin salida se reveló en su Praga)?
Aunque grandes creadores los citados, fue Andrzej Wajda, sin embargo, quien proyectó el nombre de la cinematografía polaca en el escenario mundial con su famosa trilogía: Generación (1955), Kanal (1957) y Cenizas y diamantes (1958), a las cuáles le seguirían Lotna (1959), Paisaje después de la batalla (1970), hasta el generoso díptico El hombre de mármol (1977) y El hombre de hierro (1981), entre otras obras de reconocido valor cinematográfico, como Sin anestesia (1978) o Danton, el proceso de una revolución y Un amor en Alemania (1983, ambas).
Férreo crítico del stalinismo, nunca admitió las coordenadas del realismo socialista y realizó un análisis contundente de su Polonia de los años 70 en el díptico citado.
Los mejores cineastas polacos se formaron en la Escuela de Lodz, centro de excelencia que hizo surgir grandes realizadores, entre los cuales Roman Polanski, que aprendió a hacer películas todavía en Polonia, que le suministró los instrumentos necesarios para el pulimento de su inmenso ingenio (los cortos Dos hombres y un armario (1958) y El gordo y el flaco (1961), además del primero largo, El cuchillo bajo el agua (1962), son ejemplares en ese sentido).
En Generación, Andrzej Wajda, a través de un joven que, por estar apasionado por una mujer, se hace, a pedido de ella, miembro activo de la Resistencia, el cineasta alía una bella historia romántica a una severa mirada sobre las contradicciones de la Resistencia polaca. En esta película, se puede ver, en un momento, a un aún imberbe Polanski.
Generación, como comienzo de una trilogía, aunque es una buena película, necesitó, para constituir el panel, de Kanal y de Cenizas y diamantes, esta última la obra fundamental de Wajda. En Kanal, cuya acción se ubica también durante la guerra, lo que se ve es un descenso al infierno por medio de la lucha librada en los subterráneos de la ciudad, con los personajes perdidos en los alcantarillados, en los canales en los cuales son tirados los deshechos de la gente.
En Cenizas y diamantes la acción transcurre en el ambiente de huelgas y amarga perplejidad de la Polonia de finales de la Segunda Guerra Mundial. En medio de todo éso, un joven, Macieck (interpretado por Zbigniew Cybulski, un gran actor que fue considerado el James Dean polaco y que, como él, murió en el auge de su gloria), siente destruido su deseo de vivir y amar por la orden de matar a un gran jefe comunista. Incapaz de comprender el conflicto, intenta, vanamente, renunciar a la tarea, pero no lo consigue y acaba por cumplir con la misión encomendada. En el fin, Macieck abre los brazos para amparar al hombre al que acaba de matar, y ambos se abrazan en un gesto que parece simbolizar su humanidad común. Ejecutado el contrato, mientras los políticos locales se emborrachan, Macieck huye de esa orgía, pero es muerto por una patrulla, y, antes de morir, se envuelve en una sábana blanca que se tiñe de rojo para caerse, enseguida, en una pila de basura.
La danza, durante la orgía, es premonitoria y da un sentido de fuerte desesperanza, que hace acordar, salvadas las diferencias, la danza final de La dolce vita, de Federico Fellini. El final de Popiól i diament dejó a todos aquellos que lo vieron en la década de los 60, como dijo un crítico en la ocasión, con un gusto a cenizas en la boca.
El ensayista francés Claude Beylie considera a Andrzej Wajda un apologista de los disidentes, de los rebeldes sin causa, de los vencidos de la Historia, porque él posee el arte de expresar en imágenes cautivantes la inmadurez y agonía de ellos. Sobre Cenizas y diamantes dijo que es una película característica de las contradicciones fecundas que impulsan su arte. De un lado, la conciencia de la necesidad de un compromiso y, del otro, la desconfianza para con las órdenes, de dondequiera que vengan. Su héroe (magistralmente interpretado por Zbybniew Cybulski) encarna, de manera ejemplar, ese doble postulado.
Terra Magazine