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El crimen de la niña Milagros Belizán conmociona a la Argentina

Telam
Casilla donde vive la madre de Milagros, la nena de tres años hallada asesinada con un cable alrededor del cuello.

Pablo E. Chacón
Buenos Aires, Argentina

En un momento de extrema crispación política, en la Argentina sucede uno de esos crímenes que suelen ocupar días y días las páginas de diarios y revistas: dos niños, de 7 y 10 años, "jugando", "sin querer", atraen a una vecinita de 3 años hasta un baldío y, al anochecer, la nena muere asfixiada, con las muñecas atadas, desnuda y con un cable de televisión alrededor del cuello. Es causa de discusión en este tiempo la explosión de violencia en las escuelas públicas del país (abusos sexuales, "motines", chicos con armas de fuego, etcétera). Las escuelas privadas, mejor acondicionadas, recurren a antidepresivos de diseño para aplastar todo disenso y singularidad, lo que no impide que la violencia reprimida se manifieste en algún momento. El caso de James Bulger, de 2 años, asesinado por dos jovencitos de 10 en la Inglaterra de los 90, reactualizado en el conurbano bonaerense, a media hora de la Plaza de Mayo. Esta vez dos hermanos, de 7 y 9 años, que "jugando" asesinan a una nena de tres. ¿Existe la responsabilidad en casos tan extremos? Terra Magazine logró conversar con una fuente judicial muy cercana al caso, que de algún modo demuestra que las urbanizaciones contemporáneas en los barrios más desfavorecidos son una nueva fuente de riesgos.

El antecedente

El recuerdo de James Bulger, el niño de 2 años asesinado a pedradas cerca de las vías de un tren, en Liverpool, Inglaterra, por otros dos niños, Robert Thompson y John Venables, ambos de 10, el 12 de febrero de 1993, retornó en la localidad de Almirante Brown, un suburbio bonaerense castigado por el hambre y dependiente del asistencialismo, cuando un niño de 7 años, asustado y tembloroso, acusó, primero delante de su madre y después frente a la policía y al fiscal, Héctor Toneguzzo, a su hermano mayor, de 9, de arrastrar a una vecina, Milagros Belizán, de 3, hasta un baldío, avanzada ya la noche, para jugar un juego que terminó mal, con la muerte de la nena. Milagros apareció bajo los rayos de luz de las cámaras de televisión asfixiada, con un cable de televisión enroscado en su garganta, desnuda y atada. El caso también recuerda, vagamente, a Niños en el tiempo, la novela del escritor británico Ian McEwan, que empieza con el secuestro de un niño en un supermercado. Y a El señor de las moscas, del Premio Nobel inglés William Golding, donde un grupo de chicos aislados en una isla organizan una jerarquía arbitraria y dan rienda suelta a crueldades inimaginables.

Las pericias forenses ratificaron que, antes de morir, Milagros había recibido un palazo en la cabeza. Las primeras versiones destacaron que se trató de un "accidente", en el marco de "un juego de niños". El niño de 7 años también dijo que una vez ocurrido el desastre, el mayor lo amenazó; pero ninguno tuvo tiempo de nada. La identidad de los hermanos es mantenida en rigurosa reserva por el Juzgado Número 2 de Lomas de Zamora, que lleva el caso. Sin embargo, no sería extraño que se difunda, porque fueron varios los niños que estaban en el descampado a la hora que llegaron los jóvenes con la nena, dispuestos a jugar al "perrito". Se hizo de noche y se quedaron solos. Pasó lo que pasó y no transcurrió mucho tiempo hasta que ambos fuesen detenidos y tuviesen que declarar en una comisaría de Almirante Brown. Entretanto, un grupo de padres que se habían enterado de la aparición del cadáver de la niña apedreó la casa del titular del baldío, oscuro como una boca de lobo, y son más de los que se dice los que sospechan que, además de los hermanos, habría un participante mayor en la escena. Y en la era de la sospecha, cualquier indicio sirve para armar una conspiración, claro.

Cómo sigue el caso

Terra Magazine tuvo acceso exclusivo a una alta fuente judicial de la investigación, que confirmó los hechos, evitó conjeturar sobre el futuro de los asesinos y despejó algunas dudas respecto del tipo de resolución que podría tener el caso desde el punto de vista jurídico. Ya hubo pericias psicológicas y psiquiátricas para decidir si los chicos son separados de la familia o si todo el grupo es trasladado a un lugar especial para recibir tratamiento (al parecer, la madre de los niños es adicta al "paco", pasta base de cocaína, muy popular en el Gran Buenos Aires más pobre).

La hipótesis más fuerte que manejaría el juzgado es que los niños serían emergentes de una familia "disfuncional" y que tendrían problemas para establecer límites según criterios morales más o menos elementales. Esa primera conclusión habría trascendido después de la primera pericia psicológica, entre otras cosas porque la idea de desnudar (u obligar a desnudar) a Milagros y golpearla a la vista de testigos implica una ausencia de discernimiento. La teoría de la abuela de los hermanos, que el cadáver de la nena había sido descubierto por sus nietos, se derrumbó en segundos, después del primer careo que los fiscales y policías hicieron con los testigos y con los padres de Milagros, que fueron avisados de inmediato, aunque versiones más ajustadas -siempre según la fuente- sostienen que la despreocupación, en casa de la nena, era moneda corriente.

Sin dudar ni un instante, la fuente judicial también negó que la autopsia hubiera indicado cualquier tipo de abuso sexual pero confirmó la muerte por asfixia de la niña, que habría intentado sacarse el cable que la ahorcaba y que comprimió su yugular cuando cayó el vacío. Tampoco se descarta que los jóvenes, alterados por la resistencia de la nena, hayan apretado el cable hasta ahorcarla. El cuerpo también presentaba hematomas en las muñecas, la cara y la cabeza, producto de los golpes y de las ataduras. En algún momento, Milagros Belizán, que fue golpeada muy fuerte en la cabeza antes de ser atada, intentó zafar de la presión, pero su fuerza no alcanzó para contrarrestar la de los niños. Pero todavía no pudo determinarse si la muerte ocurrió en el momento en que los niños la soltaron, ya casi desvanecida, o después de caer.

La identidad de los menores está a lógicamente a resguardo: se ha prohibido la difusión de fotos y de los nombres. Igualmente, se prevé sacar a la familia muy pronto del lugar donde vive porque corre el riesgo de ser objeto de una venganza. La fuente judicial confirmó la inimputabilidad de los asesinos. Pero su futuro, si serán separados o no de su familia, depende del análisis de las pericias psicológicas y de los elementos usados. El palazo antes de enroscar el cable en la garganta de Jacquelin Milagros podrá poner en duda la especie "accidente", pero tampoco se puede asegurar que hubo "intencionalidad". En este caso, es muy probable que los niños sean separados de su familia y llevados a una casa de guardia o a un orfanato, ya que en la Argentina no existe la institución del encierro y el cambio de identidad social en este tipo de casos.

Ayer, martes, fuentes judiciales aseguraron que de las pericias se desprende que los niños acusados "comprendían lo que estaban haciendo" y probablemente "repitieron escenas de violencia que veían a diario", de acuerdo al diagnóstico de psiquiatras convocados por el juez del caso. Así lo ratificó la jueza del Tribunal de Menores 5 de Lomas de Zamora, Marta Pascual, colega del magistrado Mariano Alejandrini, a cargo de la causa, con quien comparte el trabajo en el caso.

En Inglaterra sí existe un programa de "rehabilitación", el que fue usado por los asesinos de Bulger. A los diez años de su condena, los chicos quedaron libres. Entonces, en el 2003, muchas madres británicas sufrieron una suerte de locura colectiva: muchas dejaron sus trabajos para estar con sus hijos, las baby sitters perdieron cotización y aumentó de manera exponencial el número de cámaras de vigilancia en todo el país, como si la liberación de los jóvenes, en una sociedad como la actual, que idealiza a la juventud como valor supremo, hubiera convertido a todo niño en un monstruo potencial. Los dos asesinos ingleses "disfrutan" de una especie de libertad condicional: tienen que dar cuenta, por el resto de sus días, de sus actividades y conductas, presentándose cada determinado tiempo a un juzgado. Thompson y Venables se beneficiaron también de su inimputabilidad, su buena conducta en la cárcel, su "arrepentimiento" y de un sistema que les facilitó una nueva identidad (con papeles legales cambiados) y con la prohibición a cualquier medio de ese país de difundir fotos de los jóvenes, hoy de 26 años. Además, se les prohibió volver a verse y fueron mudados cada uno a una ciudad distinta (dentro de la isla), con trabajo y "sin pasado". Esa legislación no existe en la Argentina, donde -como dijo la madre sobre el baldío donde fue asesinada su hija- la degradación social es patente: "hace veinte años era un club, ahora ya no hay nada, y los vecinos tenemos miedo de pasar por el frente".

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