Terra
Terra
 
 

Terra Magazine

› Terra Magazine › Cultura

Brasil: un recorrido por el desierto de la patria (III)

André Ribeiro/Gentileza
Una ruta de Vilhena, en Rondonia, destino final del viaje de nuestro columnista.

Milton Hatoum
San Pablo, Brasil

1

La luz titilaba en la ruta oscura y de repente un faro iluminó el barro y fustigó nuestros ojos. Palma no se movía. Yo también permanecía quieto, atento al ruido que venía de atrás. Podía ser un animal, un hombre, pero enseguida el ruido desapareció y el faro nos alcanzó. Era un viejo Volkswagen escarabajo, que avanzó lentamente hasta detenerse delante de la Rural Willys. El faro y el motor del escarabajo permanecieron encendidos. Palma y yo salimos de la Rural.

"Es nuestra salvación", dijo mi amigo. "Debe ser un auto de Vilhena".

Y lo era. El chofer y su acompañante eran muy jóvenes, tal vez menores de edad. Sólo después noté la presencia de alguien en el asiento trasero. Palma explicó que nuestro neumático había reventado y recién en Vilhena podríamos encontrar un gomero. El chofer aceptó llevarnos hasta allá.

"Ya íbamos a volvernos", dijo él. "Me llevo a uno de ustedes".

"Entonces anda con ellos", dijo mi amigo. "Yo me quedo cuidando la Rural".

"Sin comida", pregunté.

"Tenemos agua, y eso basta", dijo Palma.

Yo iba a colocar el neumático pinchado en el asiento de atrás, pero el chofer dijo que lo pusiera en el portaequipajes. Entré en el escarabajo y partimos hacia Vilhena. Calculé que viajaríamos menos de dos horas. Un cálculo errado, pues el viaje sería más largo y perturbador.

No me preguntaron nada. El joven a mi lado miraba la orilla del camino; de vez en cuando el chofer apagaba los faros: imaginé que sería una broma o un deseo de mirar más estrellas en el cielo. Y cuántas estrellas. Cuánto silencio allá afuera, en la selva rasgada por la ruta, en la ruta devorada por la noche. Cuando el joven encendía los faros, yo veía - o pensaba haber visto - algo extendido a la orilla del camino. Me extrañó la baja velocidad del auto, me extrañó el silencio de los tres jóvenes. Más de una hora así, y la noche persistía, no daba señal de partir. Reposé la cabeza en el apoyo del asiento, en algún momento dormité...

2

El primer estampido me asustó y sacudió mi cuerpo, y enseguida pensé en un sueño porque escuché risotadas y gritos de triunfo. Pregunté qué estaba sucediendo. El joven junto al chofer dijo que ellos se divertían en la noche del sábado. Volvió el rostro hacia atrás y preguntó si yo tenía algo en contra de la diversión. No tuve tiempo de responder: los faros pestañearon, él levantó la mano que sujetaba un revólver, volvió el rostro hacia la ventana y disparó dos o tres veces a la orilla de la ruta. El joven que estaba a mi lado murmuró: Ocho.

"Ocho", preguntó el chofer. "¿Sólo ocho?"

Ahí nomás un nuevo disparo, y una pausa para recargar el arma. No había cómo dormitar ni cerrar los ojos en la madrugada en que perros vagabundos eran ejecutados por tres locos. Por un momento olvidé el neumático y el viaje a Manaus y pensé en Palma, en la soledad de mi amigo en la noche dejada atrás. Porque ahora amanecía, ahora la luminosidad rojiza revelaba los perros escuálidos e inertes en el barro que se confundía con la primera luz de la mañana. Después de los disparos, los gemidos de dolor de los perros abatidos me daban náusea y pena. Pensaba en los animales agonizantes, pensaba en lo que aún estaba sucediendo con tantos brasileños ese amanecer. Pensaba en el viaje al Amazonas como una manera de escapar al horror de la ciudad, pero el horror estaba también en el desierto y tal vez en todas partes.

3

Cuando aparecieron las primeras casas de Vilhena, le pedí al chofer que detuviera el vehículo. En realidad, le grité que parara el maldito auto. Los jóvenes no entendieron mi revuelta mucho menos mi indignación. Retiré del portaequipajes del escarabajo el neumático reventado de la Rural, me senté en la ruta y hasta escuché risotadas cuando los matadores de perros se distanciaban de mí. Y espere el último vestigio de la noche para irme.

Lea también:
» Brasil: un recorrido por el desierto de la patria (I)
» Brasil: un recorrido por el desierto de la patria (II)

Milton Hatoum es escritor, autor de las novelas Dois Irmãos, Relato de um Certo Oriente y Cinzas do Norte.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

Terra Magazine

Terra Magazine América Latina, Vea las ediciones en español