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Reproducción
Construcciones a la orilla del río Amazonas, en el estado de Rondonia.
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Milton Hatoum
San Pablo, Brasil
Y así entramos en la noche. No estábamos muy lejos de Rondonia cuando me asusté con un estampido. Porque entonces comenzó a suceder algo extraño en nuestro viaje por tierra hasta Manaus. El estampido, la Rural Willys sin gobierno, yéndose al costado derecho de la ruta de barro.
-Se reventó un neumático, dijo Palma, al volante.
Descendimos y no fue necesario encender la linterna para cambiar el neumático: la claridad de la luna iluminaba el barro y la selva. Yo podía ver el rostro tenso de mi amigo, pero recién pude entender el motivo de su tensión cuando vi que le daba unas palmaditas a la goma de auxilio. Perfectamente lisa. Consulté el mapa: Estamos a 240 quilómetros de Vilhena: ¿irá a aguantar esa goma? Claro que no, murmuró mi amigo. Pero no tenemos otra salida, dije.
La Rural avanzó en la noche de luna llena, al volante iba yo porque mi amigo estaba exhausto y se durmió en el asiento de atrás. Qué luna, pensaba yo. Qué noche inolvidable en ese páramo: la soledad en la ruta, la soledad del viajante en la peor ruta de Brasil. La luna y el velocímetro: faltan 210 kilómetros, 186, 158. Cómo está de lejos Porto Velho, cómo insiste Brasil en no terminar. A 120 kilómetros de Vilhena la profecía de Palma se cumplió. Esta vez sin explosión, casi sin alarde: apenas un fuerte temblor, un cimbrón pesado en el volante, y la sensación de que el tiempo iba a detenerse en medio de la madrugada. La que se detuvo fue la vieja Rural. Paramos en medio de la ruta, salté y vi la goma lisa levantada. Destrozada. Palma roncaba. El rostro del médico y oficial de reserva estaba aplastado en la ventana: un rostro desfigurado de durmiente embotado, la boca extrañamente abierta, las mejillas que ondulaban en el vidrio, la frente arrugada y el mentón sumido en algún rincón sombrío del asiento. Ese rostro medio tétrico iluminado por la luna me hizo acordar, años después, a una de las figuras lancinantes de Francis Bacon. Entonces me quedé pensando cómo iba a hacer para salir de esa emboscada. De a poco, los mosquitos fueron despertando a mi amigo. Asustado, Palma preguntó dónde estábamos.
-En la misma ruta -respondí- A más de dos horas de Vilhena, con el neumático destrozado y sin bananas para matar el hambre.
Palma entendió. Es decir: los dos entendimos que esta vez no aparecería un sargento Candorra, ni ningún otro suboficial o soldado o ingeniero militar. No teníamos más comida. Agua, sí. Una noche húmeda, de cielo estrellado y luna llena mitigaba nuestra aflicción. Buscamos las últimas galletitas; masticamos lentamente unos pedazos, sin desperdiciar las migas. Tres y media de la mañana, y el silencio de la espera. De vez en cuando yo encendía y apagaba la linterna, como si fuera el llamado de un desesperado en la noche desierta.
-Decí algo -dijo Palma- Este silencio me pone nervioso.
-Voy a dormir- le dije.
-No vas a poder dormir -me dijo. Y con razón, porque nadie duerme con hambre en medio de una ruta desierta. En un momento dado escuché un ruido. Miré a mi amigo y le pregunté si él también lo había escuchado. Era algo que venía desde atrás de la Rural. Casi al mismo tiempo una luz pestañeó frente a nosotros, allá al final de la oscuridad. La luz titilaba, se apagaba, como una luciérnaga que crecía en la noche.
-¿Qué puede ser eso? -preguntó Palma.
-¿El ruido o la luz? -le pregunté en voz baja.
-Las dos cosas, amigo.
Nos callamos para escuchar mejor. Y también para ver con mayor nitidez. El ruido se aproximaba y la luz emitía una claridad difusa.
-Iremos a salir de aquí? -preguntó Palma. Y después agregó: -¿salir vivos?
(Continúa en la próxima crónica)
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