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Wikimedia/Jean Colemonts/Gentileza
La feria de los domingos en la Plaza Anita Garibaldi, en la ciudad brasileña de Curitiba, lugar desde donde comienza el viaje de Milton Hatoum.
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Milton Hatoum
San Pablo, Brasil
No sé por qué hice aquel viaje, la verdad es que no siempre sabemos la razón de todos nuestros actos y deseos. Fue más un impulso, un encantamiento de los 23 o 25 años -pero ¿cambia algo?- o un deseo de salir de San Pablo, del ambiente opresivo de San Pablo. Porque el viaje fue en 1978 y no en el 2008, y eso sí, cambia mucho, lo sabes bien. En ese entonces Palma y yo salimos de Curitiba en una Rural Willys con destino al Amazonas. Éramos dos manauaras nostalgiosos de la tierra natal, sin dinero para viajar en avión, pero con ánimo como para tomar la pésima y casi interminable ruta que unía el sur con el norte de Brasil.
Una ruta asfaltada es fácil: mucho más difícil es rodar en el barro y el lodo, enfrentar atolladeros y deslizamientos de laderas, y fue lo que sucedió en mitad del recorrido de Cuiabá a Porto Velho. Pasamos un día con su noche entera en un atolladero a la espera de ayuda, la Rural hundida en el barro: el barro primordial de la vegetación de transición del cerrado a la selva amazónica.
-Y ahora, doctor Palma?
Mi amigo médico respondió con otra pregunta: -¿Cuántas bananas quedan en la bolsa?
-Una docena -le dije- Y muchas galletas.
-Entonces vamos a comer bananas, que hace bien a la memoria y el buen humor.
Comimos. Y jugamos a los naipes, conversamos, inventamos más conversación, escuchamos todas las músicas de todos los casetes de mi grabador, después oímos de nuevo las mismas músicas, repetimos las cartas, repasamos la vida amorosa de cada uno y contemplamos las estrellas del cielo bellísimo del Mato Grosso. Por fin, comenzamos a sentir hambre. A las once de la mañana del día siguiente apareció un camión verde oscuro con una estrella blanca en el frente del capó. Se detuvo a unos 15 metros de la Rural. Dos militares descendieron de la cabina: un soldado -el chofer- y un suboficial: el sargento segundo Candorra. Nunca olvidaré este nombre ni este sargento: alto, rostro enjuto, nariz y ojos de gavilán, una mirada que asustaría hasta a un fantasma. Pero el cuerpo era demasiado delgado para ser miembro de un Ejército que entonces nos gobernaba. Él trabajaba en el Batallón de Ingeniería de la Selva, que hacía el mantenimiento de la ruta. Pedimos ayuda al suboficial: que el camión tirara de la Rural con una cadena. El sargento segundo Candorra observó nuestro semblante de subversivos: la barba crecida, el cabello largo y ondulado, la ropa andrajosa. Mi amigo médico usaba una boina oscura con una estrella roja, copia de la boina del Che Guevara. Yo no usaba la famosa boina, ni me hacía falta: era evidente -en mi rostro y mirada- que yo quería distancia de los milicos. De esos que dieron un golpe de Estado en 1964.
Hacia dónde van, preguntó Candorra. A Manaus, dije yo. ¿Manaus? Eso mismo: Manaus. El sargento miró hacia las ruedas de la Rural. En realidad, las ruedas habían desaparecido en el barro. Curvó el cuerpo, se quedó agachado, no sé si buscaba algo en el chasis. Entonces comenzó a revisar el vehículo. En el asiento trasero él y el soldado encontraron dos libros sobre urología, uno de ellos era un manual llamado Incidencia del cáncer de próstata en hombres de más de 50 años. Candorra hojeó el libro con sus ojitos de gavilán. Y yo, curioso, pregunté: Palma, ¿por qué en hombres de más de 50 años? ¿Y las mujeres, doctor?
Palma no se rió. O sea, se aguantó la risa y miró serio al suboficial: -¿Y las mujeres, sargento?
-Eso es complicado -respondió Candorra- Usted, que es doctor, debía conocer esas cosas.
-Pero si yo las conozco, sargento. Mi joven amigo es el ignorante. Usted debería arrestar a los jóvenes ignorantes.
Candorra me miró y yo miré al doctor Palma. Qué amigo. Qué médico irónico. Después el sargento revisó el portaequipajes, nos pidió nuestros documentos y dijo que desgraciadamente no tenía autorización para ayudarnos. El doctor Palma entregó al militar dos documentos. Candorra los observó, comparando las fotos y los datos personales, hasta cerciorarse de que Palma era, además de médico, el oficial de reserva Luis Olavo Palma Vergueiro.
Medio día. Sol que parte. Pero ¡qué cielo! Qué pájaros lindos, recortados en el azul. Parecían pájaros pintados por Paolo Uccello. Entonces Candorra devolvió los documentos, se cuadró y le hizo un saludo militar a mi amigo, que respondió con el mismo gesto. Palma era teniente médico de las Fuerzas Armadas. Había hecho el servicio militar después de que se graduara en medicina.
Asistí perplejo a aquella escena extraña: Candorra y Palma, uno frente al otro, inertes, como una escultura surrealista en un camino de barro en el corazón de Brasil. El camión del Ejército nos sacó del atolladero. Aún teníamos galletas de agua y sal. Y ánimo, mucho ánimo. Seguimos el resto del día por el camino de barro, los dos callados, hambrientos, rezando para que el barro no nos devorase. Y así entramos en la noche. Ya estábamos cerca de Rondonia cuando tuvimos que parar, en medio de la madrugada. Me llevé un susto con el estampido. Porque ahí sucedió lo peor...
Lo peor y lo más extraño. Pero eso voy a contarlo en la próxima crónica.
Traducción gentileza de Graciela Ferraris.
Terra Magazine