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Naturaleza, historia y aventura en "El Castillo"

Reproducción
Una de las cascadas del castillo del ex presidente boliviano José Luis Tejada Sorzano.

Helen Álvarez Virreira
La Paz, Bolivia

A la vera del camino a Chulumani y rodeado por la exuberante vegetación de los yungas se alza un castillo estilo medieval europeo desde donde el presidente José Luis Tejada Sorzano, que gobernó Bolivia entre 1934 y 1936, gozaba de su poderío sobre elevadas montañas, rugientes ríos y caudalosas cascadas, y todo lo que se encontrará en las tres mil hectáreas que eran de su propiedad, incluida la gente.

Y cuentan que aún lo hace. En las noches, el espíritu del "barón del carbón", como también se lo conocía, ha sido visto en alguna de las ventanas de su habitación circular, que está en la cúpula del castillo, o en la terraza (sus lugares favoritos), y también se escucha la melodía de la flauta que tocaba para avisarle a su amor clandestino que había llegado. A ella le prometió regresar, luego de que fuera derrocado en 1936 y exiliado a Arica, donde murió en 1938. Y volvió; eso asegura la gente del lugar.

Las dos horas que ahora se demora en recorrer los 64 kilómetros que separan a la comunidad Chaco, en Sud Yungas, de la ciudad de La Paz, representaban varios días en 1934 cuando 500 presos paraguayos, caídos en la guerra del Chaco, levantaron la edificación -piedra por piedra- en ocho meses. Los otros dos mil detenidos construían caminos en los yungas, una zona subandina que desciende hasta los llanos tropicales del norte, y a la que se llega luego de subir hasta los 4.685 msnm de la Cumbre de la Cordillera Real de los Andes.

Por esos caminos y a lomo de mula trasladaron los muebles que completaron la decoración del castillo que cobijó al presidente y a su familia, y donde el mandatario recibía a amigos, ministros, diplomáticos y jefes de Estado de otros países que dejaron su huella con regalos que aún se encuentran en el lugar.

Patrimonio histórico

Una parte del mobiliario fue fabricada exclusivamente con estilo colonial, pero la mayoría de los muebles son originales de la época colonial llevados desde Potosí. Tejada Sorzano también importó otros de Europa, como un juego de sala hecho en cuero repujado en Francia que hace juego con los gobelinos franceses que le regalaron cuando estuvo en ese país; el clavicordio alemán que data de 1789 ya no funciona, pero aún se utiliza el juego de dormitorio que hizo traer desde Inglaterra para su habitación.

Entre las reliquias más valiosas que se atesoran están un cuadro de la Virgen María pintado por Melchor Pérez de Holguín, artista barroco de la época colonial, cuyo valor patrimonial es invaluable, así como puertas talladas en madera que también corresponden a la colonia. El castillo guarda además el primer mapa que se hizo de Bolivia en 1859; en él se pueden ver los 2.363.769 kilómetros cuadrados con los que nació a la vida republicana, de los cuales sólo conserva 1.098.581.

El castillo tiene la denominación de patrimonio histórico nacional y cada objeto está inventariado por el Viceministerio de Culturas, de manera que ninguno de ellos puede ser retirado del lugar y menos aún del país.

Según las creencias de los habitantes más viejos de la comunidad, que también son respetadas por la gente joven, el espíritu del "patrón" fue el guardián del castillo. Los pobladores le temían y cuidaron que la edificación no fuera invadida y tampoco saqueada durante la Revolución de 1952 y la Reforma Agraria en 1953, aunque no existe certeza sobre la cantidad de objetos que dejaron sus dueños.

La reforma agraria acabó con ese latifundio y las tierras se distribuyeron entre los comunarios; la familia de Tejada Sorzano se quedó con 175 hectáreas donde se encuentran el castillo y dos casas de hacienda construidas hace más de 200 años. Todo ese acervo histórico está rodeado por un impresionante marco natural: tupidos bosques de cedro y otras especies, caudalosos ríos y cascadas que arrastran oro y una gran variedad de animales, entre mamíferos, aves e insectos.

De latifundio a parque ecológico

Tras años de total abandono, la bisnieta del Presidente vendió la propiedad a la familia Portugal Albizuri y, hace dos años, ésta la entregó en concesión a Fernando Álvarez Plata. Él y la arquitecta Mirtha Bustamante García recuperaron los parajes y convirtieron el lugar en el Parque Ecológico Hotel El Castillo del Loro.

El castillo y las casas de hacienda fueron acondicionados para hospedar a los turistas, pero conservando su decoración, lo más fielmente posible, con la ayuda de pobladores que conocieron el lugar en su niñez.

También se han recuperado las leyendas y creencias que le dan un halo de misterio al lugar. La gente del lugar cree que las aguas del Río Chaco, que provienen de la montaña, son enviadas por los achachilas (espíritus benéficos) para sanar a la gente; por eso cuando alguien tiene penas o enfermedades se baña en sus heladas aguas. Este curso de agua es afluente del Río Unduavi, que se encuentra a pocos metros de distancia, y juntos fluyen hasta el Amazonas.

Una de las sendas lleva a la Poza Encantada donde sumergirse resulta hasta terapéutico. Otra senda tiene como destino la Cascada del Tucán y una más se dirige a la Gruta de los Deseos, una gigantesca cavidad en la roca que guarda una rugiente caída de agua de más de 100 metros; para llegar a ambos lugares se debe cruzar el río por los puentes colgantes. En total, unos cuatro kilómetros de caminata.

En el recorrido, se puede ver a los venados que beben del río, si es muy temprano, y a las ardillas que saltan entre los árboles, y también se oye el aullido de los monos. También hay osos jucumaris, saris, chanchos de monte, y una infinidad de aves, entre las que destacan las águilas reales y los loros, y cada vez menos tucanes. Las mariposas son una compañía permanente, incluso en la noche cuando aparecen las nocturnas.

Entre otras ofertas turísticas están el senderismo, el trekking y el biking, y hasta fin de año se sumarán el escalamiento de rocas y el arborismo. También se arreglará la piscina y se la atemperará.

Las amenazas

Sobre el Parque Ecológico se ciernen varias amenazas, entre ellas la expansión de las plantaciones de coca que se encuentran a cuatro kilómetros de la zona. En los yungas esos cultivos desplazaron prácticamente a toda la producción de cítricos, plátanos y café, característica de la región; los pobladores son floricultores y amplían los terrenos de siembra quemando la vegetación.

El oro de las aguas también es una tentación para los comunarios, que ya insinuaron su deseo de explotar la caverna de donde brota la cascada de la gruta. También se teme la incursión de los invasores; ahora hay uno en pleno parque que ha quemado terrenos para plantar flores y ni con la intervención de la comunidad pudieron sacarlo. Mirtha Bustamante recuerda cómo una gran parte de los árboles que cubrían algunos cerros fueron talados en la época de Tejada Sorzano, quien los utilizaba como carbón para su comercialización masiva.

Como parte de la estrategia para proteger la biodiversidad de la zona, en alianza con el Municipio de Yanacachi se han emprendido varios proyectos turísticos, que ya están aprobados. Los principales tienen que ver con la apertura de cuatro senderos ecológicos y la capacitación de unos dos mil pobladores de 20 comunidades para prestar servicios turísticos, tanto a los visitantes extranjeros como a los nacionales. Además de El Castillo, en la zona hay otros hoteles y hospedajes en poblaciones cercanas. En Chaco también está el hospedaje comunitario que es administrado por los pobladores.

Alberto Machaca es un joven garzón del Hotel que trabaja hace 10 años en el lugar y últimamente ha recibido incluso clases de historia para poder responder cualquier duda de los visitantes. Él nació en la comunidad Chaco y le cuesta elegir lo mejor del lugar, pero al final se queda con sus formidables cascadas.

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