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Guido Piotrkowski/Gentileza
Parte del grupo de expedicionarios que emprendieron una travesía de seis días a través de la Cordillera de Los Andes.
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Guido Piotrkowski
Buenos Aires, Argentina
"¡Viva La patria!" Azuza una y otra vez José Luis Gioja, gobernador de San Juan, quien por cuarta vez e iniciativa propia cruza la Cordillera de los Andes a lomo de mula. "¿Cómo vas flaco?", pregunta, atento, sin cesar, Marcelo Lima, intendente de la capital sanjuanina, su compañero de ruta en esta cruzada que quiere repetir la historia. Estamos a casi 4800 mts sobre el nivel del mar, más exactamente en la cumbre del Cordón del Espinacito, uno de lo lugares donde San Martín dejó su huella hace casi dos siglos. El Aconcagua, de fondo, se yergue imperturbable, completando una postal de antología.
Es el segundo día del cuarto cruce sanmartiniano. La tropa está compuesta de 76 expedicionarios, entre dirigentes políticos, jueces, periodistas, invitados y efectivos de gendarmería y ejército, encargados de la logística. Se destaca Fredéric Baleine du Laurens, atildado embajador fra ncés, que sorprendió a todos por su espíritu aventurero y su simpleza, a pesar de sus fueros diplomáticos. "Federico" o "Embajador", como todos lo llamaríamos a partir de allí, se desplaza como "uno más" del grupo por la indómita geografía cordillerana. Por la noche canta junto al resto de los expedicionarios un par de tangos alrededor de la mesa regada de vino en el refugio Ingeniero Sardina, a 3000 mts sobre el nivel del mar, un lugar ideal para observar las estrellas, actividad que Federico ama profundamente. Así lo demuestra cuando detalla las constelaciones con infinita pasión y paciencia china, más que afrancesada.
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» Travesía por la Cordillera de los Andes 
La cordillera iguala y nos hermana a todos quienes recorrimos los 140 kilómetros a lomo de mula, evocando una parte de la gesta de San Martín, afrontando el desafío de trepar hasta algunos de los rincones más altos de América del Sur, y enfrentar el viento, el frío y el polvo que lastima los ojos obligando al médico de gendarmería a armar una fila para el colirio; el sol que reseca la piel a pesar de las toneladas de protector utilizadas; el mal de altura y sus consecuencias. Todo esto y mucho más, para llegar al paso de Valle Hermoso, en el límite geográfico con Chile, y evocar así, 191 años después, la batalla de Chacabuco. Pero también por el placer de la aventura, la necesidad de adrenalina, y la seguridad de estar haciendo un viaje único.
La travesía había comenzado en Barreal, un pequeño pueblo a 180 kilómetros de la ciudad de San Juan, donde la expedición pernoctó con el objetivo de aclimatarse a la altura. El historiador Edgardo Mendoza, a modo de introducción, relató los pormenores de la gesta sanmartiniana. De allí a estancia Manantiales, el trayecto se realizó en 4 x 4, donde las mulas esperaban para iniciar 6 días a paso lento tras la huella del libertador. Estos equinos no son animales fáciles de dominar, pero sí son lo mejores para transitar estos terrenos. Sus pezuñas, firmes, no dubitan al pisar la tierra árida, pedregosa, y poblada de precipicios de la geografía cordillerana.
La primera noche resulta insoportable. El termómetro marca 10 grados bajo cero, las ráfagas de viento, que superan los 60 Km. por hora, golpean sin piedad las paredes de las carpas, y el dolor de cabeza y demás consecuencias de la altura dejan a toda la tropa en velo. Muy temprano suena la corneta, o el toque de diana, como prefieren decir los militares. A mí me gusta más decir corneta, o en su defecto, trompeta. De todas maneras hay que juntar coraje y salir de la bolsa-cama -como dicen los sanjuaninos-. Para mí siempre fue bolsa de dormir. No importa, aquí zanjaremos diferencias. Los gendarmes preparan el desayuno y ayudan a ensillar las mulas. Es que la gran mayoría de los expedicionarios se suben a un animal de este tipo por primera vez. Hay que ajustar bien la cincha, atar lo que necesitaremos atrás de la montura, y finalmente subirse y rogar que la terca nos responda. Nada fácil para un ser urbano.
El inicio de la jornada se presenta accidentado: en pocos minutos se suceden unas cuatro caídas, incluida la de este cronista. Al parecer, las mulas por la mañana no andan de muy buen humor. Una vez reincorporados y recuperados los jinetes caídos, la caravana sigue su marcha hasta el pie del Espinacito, donde se detiene para revisar las monturas. "Ayuden a las mulas en la subida, vuelquen el peso del cuerpo hacia adelante", recomiendan los hombres de gendarmería. Mirar hacia abajo da miedo, un barranco sin fin bajo mis pies. La panorámica, sin embargo, es imponente. La cumbre nos recibe exaltados, entre abrazos y gritos de júbilo.
Descender es más traumático y peligroso, entonces la gran mayoría decide bajarse de la mula y hacerlo a pie. Federico va delante mío y me pregunto si de verdad será el embajador francés, aún me cuesta creerlo. En el refugio Ingeniero Sardina conviven grupos de cuatro gendarmes que se van turnando de noviembre a marzo. Ahora somos más de setenta que pugnamos por una ducha semi caliente luego de dos días contra viento, miedo y mareos. Es el atardecer de un día agitado, de una olla gigante salen tortas fritas y en la otra hierve el agua para matear. Resigno mi baño, cae el sol y está refrescando. El gendarme Reartes, gordito y bonachón, sirve un guiso suculento. De postre, "El Rulo", guitarrista y humorista oficial de la expedición, toma las riendas de la velada y hace bailar a Gioja y a Lima con algunas de las pocas mujeres que allí se encuentran.
El toque de diana avisa que hay que izar la bandera. Acto protocolar y día libre. Un miembro de la Asociación Sanmartiniana aprovecha para dar una charla. Revela algunos datos de la reunión de Guayaquil entre San Martín y Bolívar. No hay mucho lugar para el debate. Algunos optamos por bañarnos en el río mientras el sol aún calienta. Está helado, pero cómo no darse un chapuzón en plena cordillera, para el anecdotario del viajero.
Esta noche, poco después de cenar, Gioja se sienta junto a una decena de periodistas y lo que comienza en una charla informal desemboca en una especie de conferencia de prensa off the record en la que revela su personalidad simple y campechana. Dueño de un vocabulario plagado de epítetos, no le esquiva a ninguna de las preguntas y le hace frente al tema más candente: la explotación minera en su provincia. "Acá solo hay montañas y piedras, el suelo no sirve para cultivar, no podemos sembrar soja, y con la vitivinicultura sola no nos alcanza. Las mineras están controladas y generan mucho empleo", explica ante las preguntas de los periodistas porteños, preocupados por la contaminación de estas empresas.
La cuarta jornada, la más esperada, llega, y partimos temprano rumbo al límite geográfico con Chile. Mi mula personal, la número 26, está más rebelde que nunca, hasta el momento no había conseguido domarla, pero esta mañana no logro ni montarla. Ofuscado, pido el cambio y me lo conceden. Mi nueva compañera es mucho más agradable, hasta tiene nombre. "Se llama Mariela", me dice Pineda, uno de los gendarmes más laboriosos, que va y viene con su caballo, desde el frente hacia atrás de la columna. Se preocupa por todos y cada uno de la tropa.
Más de tres horas y aún no llegamos. Gioja grita ¡Viva la patria! por enésima vez y todos se hacen eco. Estamos en Valle Hermoso y un cóndor planea sobre nuestras cabezas. El grupo está exaltado, las mulas apuran el paso. Un monumento de San Martín y O'Higgins, repleto de placas recordatorias, custodia el lugar del encuentro. Del otro lado se acerca la comitiva chilena, encabezada por el gobernador de Petorca, Julio Trigo Araya. Los integrantes de ambas expediciones se funden en abrazos, hay intercambio de besos y banderas, hay discursos, regalos y hasta se baila una cueca. La emoción se adueña del Valle Hermoso, los próceres de bronce observan atentamente. ¿Se habrán imaginado, hace 191 años, este homenaje?
Volvemos. El "gober", como algunos prefieren llamarlo cariñosamente, ya no está con nosotros. Tomó un helicóptero de vuelta, su objetivo de llegar al límite en cuatro días estaba cumplido y las obligaciones de su cargo lo llaman. No conozco ningún otro mandatario que en tiempos modernos se anime a semejante periplo. El resto, sin helicóptero pero fiel a las mulas, retorna en silencio, a contramano de una polvareda insoportable. Es una jornada extensa e intensa, que culmina al llegar con un baño de río helado. La cocina perfecta del sargento Ayala por la noche, quien se despacha con un guiso delicioso, más la música y el humor del Rulo junto a su improvisado acompañante, Juan Italo Reynoso, miembro del Centro de Gauchos de Laboulaye, en Córdoba, cierran una jornada memorable.
Emprender la vuelta siempre es difícil. Nos despedimos de Reartes, Ayala y el resto de los gendarmes que desempeñan sus tareas allí. Atravesamos el Valle de los Patos hasta llegar al Portezuelo de la Honda, un escollo difícil. Primero, trepar hasta el hito, a 4300 metros, una cuesta larga y dura. Luego, el descenso más sufrido de toda la travesía, un zigzag incesante con un precipicio al frente, no apto para cardíacos. "El de sombrero rojo, bajate, tenés la montura muy adelante, tirate!", grita desesperado Soya, el veterinario de gendarmería, quien se encuentra mucho más arriba. "Pará Riveros", le pido desesperado al trompetista del ejército, quien va adelante mío. Pero no hay caso, él sigue su marcha. Soya continúa gritando y, antes de entrar en pánico, consigo bajar, y hago el resto del trayecto a pie.
El tramo conocido como La Ventana es la última gran dificultad del cruce. Tanto o más empinada que la anterior, esta montaña desafía mi vértigo y obliga a que me baje, una vez más. Mis piernas hacen toda la fuerza por no resbalar, y llevar a Mariela de las riendas ayuda a afirmarse. Por allí yace una de las dos mulas cargueras que pereció en la segunda jornada, al caer del precipicio. Al fondo, el campamento montado en el refugio Alto las Frías, nos espera, helado, por segunda y última vez. Un grupo de gendarmes están apostados allí, con agua caliente y torta fritas, preparando la cena. Nos acomodamos dentro de las carpas, el clima es hostil una vez más. Antes del crepúsculo, cenamos y nos disponemos a dormir. Pero es la última noche y hay que recapitular, entonces se suceden bromas, anécdotas y las consecuentes risas, muchas desenfrenadas. Desde la carpa de al lado llega la inconfundible guitarra y los ya clásicos chistes del Rulo. Dormimos. Esta noche sí que soñamos, creo que con volver.
Terra Magazine