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La llave de las catástrofes

AFP
Pompeya fue destruida en la eurpción del Vesubio el 24 de agosto del año 79 D.C. Actualmente, cuenta con 25.751 habitantes.

Antonio Morales Riveira
Bogotá (Colombia)

Aquella pretendida purificación por el fuego tuvo que haber sido un ensayo del juicio final.

Esa noche del 2 de agosto del año 79 de nuestra era, de la gran montaña que todos creían extinguida para siempre, surgieron avenidas de lava y tempestades de ceniza que cayeron durante tres días para cubrir durante diecisiete siglos la jolgoriosa y lúdica ciudad. Casas, frescos, piedras, calles, objetos y animales, quedaron en un instante guardados bajo la llave de las catástrofes, en cinco metros de ceniza. Y con ellos los habitantes de Pompeya, amando, durmiendo o esperando el horror, convertidos en flores yertas e inmortales, en siemprevivas de piedra.

Hoy, 1.929 años después, nada presupone la tragedia. Un trencito de cercanías me lleva durante 25 minutos de Nápoles hacia la zona de Pompeya. Se acaba el invierno y el sonido distante de la primavera vuelve a hacerse substancia en la memoria, crujido de hojas, gritos de flores y gorjeo de pájaros. Al fondo, entre velos, está el señor destructor, el gran volcán. Entro por la puerta llamada 'del Vesubio' y de inmediato el tiempo cambia. Las primeras calles, las primeras líneas de casas, el rojo de los ladrillos y el blanco del mármol me abstraen de mi mismo, de mi tiempo. La magia misma de esa ciudad martirizada que sin embargo ha quedado en pie, me transporta.

Paso a paso veo sobre sus adoquines mis botas que me acompañan en mi "dromomanía", esa manía del dromedario que nunca quiere dejar de andar. Algo me hace sentir un pompeyano. Entro al gran foro y ya no soy yo. O tal vez si. Me veo romano, lanzo las faldas de mi túnica sobre los hombros, camino distinto, los aromas no me huelen a viejo sino a día a día, a cotidianidad urbana.

Los turistas japoneses me parecen un grupo de pompeyanos discutiendo sobre iniciaciones dionisiacas, sobre jóvenes vestales que serán desfloradas por la mano de los dioses. Tan solo toman fotos, unos tras otros en el mismo ángulo, la misma foto mil veces reproducida en Osaka. Creo ver en la figura de un holandés un esclavo bárbaro dedicado a machacar uvas. No, no estoy alucinando, es Pompeya que me estimula al delirio, con sus vahos aun vivos, con sus conversaciones de esquina, con sus ventas de naranjas y pieles, de panes y dátiles traídos del otro lado del mar, con sus vinos y sus burdeles. Todo en piedra, todo mustio, pero ¿hasta donde allí la vida está muerta o más bien la muerte está viva? El pasado se ha metido de contrabando en este nuestro presente que es, quien lo creyera, el futuro mismo de Pompeya. Ciudad otrora comercial, sigue siendo un gran bazar turístico, produciendo euros y no sestercios...

Transito el gran foro pompeyano una y otra vez. A veces solo ruinas, otras, edificaciones en perfecto estado. La ciudad se revela. La misma que fue olvidada tras la erupción del Vesubio que mató a todos sus pobladores, olvidada y postergada hasta perderse su ubicación misma, la misma que se dejó ver en 1748 cuando excavadores y aventureros la encontraron y empezaron a descubrirla de tierra y cenizas en busca de los objetos preciosos que ocultaba ese perdido veraneadero de los ricos romanos. Aquí y allá estatuas en mármol y estatuillas en bronce comienzan a hablarme de la vida, del arte, del hedonismo de este conglomerado de gentes festivas y báquicas que trabajaban para gozar.

El templo de Apolo en el llamado 'Foro Triangular' conserva aun aquellas trazas místicas y profanas al mismo tiempo, que hacían de los rituales romanos actos vitalistas, actos animistas del politeísmo donde todo era vida y todo debería subsistir hasta que la muerte hirviente paradójicamente congelara la materia. A su lado, los pequeños templos de Isis y Zeus enmarcan una zona destinada a los edificios de la administración pública, como una especie de acrópolis, todo venido de la cultura helenística, de la cual los romanos y en consecuencia los pompeyanos, no solo sentían herederos sino continuadores. Basta apretar un poco la imaginación (labor que muchas veces el turismo de ¿tours¿ globalizados hace imposible) para reconstruir el entorno: mercados de legumbres, de cestería, de carnes.

No tuvieron los arqueólogos que devanarse los sesos para reconstruir la vida, las relaciones políticas y la economía de la ciudad. Con tan solo quitar la lava y las cenizas, todo estaba allí, de bulto. Las costumbres, los actos de los hombres, sus pasiones, sus amores, se palpan calle a calle. En la casa de Eumachia la vida familiar aparece primorosamente plasmada en los frescos, en el templo capitolino aun los reverberos ennegrecidos y derretidos cuentan historias de fe, en el pequeño odeón las representaciones y las risas pueden escucharse. En el lupanar los camastros de las prostitutas aun esperan a los últimos visitantes entre frescos eróticos e intimidades bastardas.

Trato de apretar el resorte de los sueños para vivir Pompeya llena de gentes desfilando hacia el coliseo o el anfiteatro, el más viejo de todo el Imperio Romano. Y aparecen, entonces, los gladiadores en su gran caserna perfectamente conservada, apretándose para la muerte, los magistrados que a voces sentencian sobre lo divino y lo humano, los grandes militares en vacaciones, los legionarios, el tímido pintor de murales que porta sus aceites hirvientes y sus aguas de colores vegetales para uncir la piedra o la mampostería con su acuarela. Ese mismo pintor popular que muchos siglos antes del Renacimiento, había descubierto el volumen y la perspectiva, heredero de Atenas y de Alejandría.

Me encamino por la 'Vía de la Abundancia', calle principal de la ciudad a la cual convergen muchas otras en este conglomerado de 66 hectáreas que en el momento de la catástrofe albergaba a 20.000 habitantes. Algunas veces las casas son pequeñas, viviendas de artesanos, de comerciantes, panaderos y vendedores de perfumes que servían de habitación y de almacén. Paredes marcadas con grafitis intrascendentes o declaraciones de amor, como en todas partes, como en cualquier época. Bares, tabernas, cubículos para las libaciones. Por la Vía de la Abundancia creí reconocer un sex shop y hasta el 'Goce Pagano' de Pompeya.

Pero también están allí las grandes villas de los poderosos que van apareciendo con sus jardines de prados y materas, de fuentes y vías de agua y frescos y más frescos, dioses y hombres unidos en la ceremonia de la existencia, narrando la vida muelle y cotidiana. Hacia el norte de la ciudad un gran edificio invita, atrae, seduce. Son las Termas de Estabios. Nada se ha conservado tanto como este gran lavatorio. Aun en el frio de hoy, uno cree percibir los chorros de vapor, las piscinas recubiertas de adornos en oro y bronce, los camastros de masajes, los altos techos húmedos y llenos de lama, y en todas partes los pompeyanos risueños dedicados a una asepsia que mas tenia de fiesta que de acto higiénico. No había rincón o esquina de Pompeya que no contara con hilos de agua potable, riachuelos empedrados.

La ciudad nocturna estaba perfectamente iluminada con teas y lámparas públicas, las aguas negras corrían por canales especiales en las calles todas empedradas donde se aglomeraban las carretas y carruajes; todo el mundo tenía vivienda, todo el mundo se beneficiaba de los servicios públicos, las huertas en cada casa o mansión garantizaban la comida y el entorno natural; los jardines públicos plagaban de verde la ciudad; las plazas y mercados potenciaban el movimiento; la sangre de la ciudad circulaba viva y sana por todas partes. Solo hasta mediados del siglo XIX los europeos lograron un nivel de desarrollo y un bienestar colectivo similar al de los romanos. Y Pompeya, a pesar de ser pequeña y provinciana con respecto a la gran Roma, disfrutaba de una calidad de vida similar.

De pronto caigo en cuenta que algo me hace falta. He visto ruinas, ciudades a los cuatro vientos y siempre pagodas, pirámides, cruces y campanarios. Claro, esta ciudad no fue construida como las de Occidente, siendo el origen de Occidente. No hay feudos, no hay burgos, todo el mundo vivía mezclado. No hay rasgos de ese bien y ese mal tan cristiano, tan punitivo. Solo dioses felices y con ganas de gozar. Las únicas marcas son el nombre de cada quien en el frontis de su casa, como ciudadanos que eran en una época en la cual aun no habían sido inventados los obispos.

Con esas reflexiones que me hacen sentir una cierta risilla para adentro, cambio de calle, me pierdo; por los callejones y vericuetos, como debe ser, como me ensenaron en Atenas: "si quieres conocerla piérdete en ella" me dijeron y así fue. Como los amores que basta perderse para encontrarlos...

Ya la cabeza empieza a llenarse de tanta imagen, edificaciones, templos, tantas ánforas, muebles, fuentes, bancas, arte por todos lados, arte a la vista. ¿Qué música escucharían los pompeyanos? Trato de descifrar las ondas en el viento primaveral, pero solo logro percibir unas tonalidades tan distantes... La música debería viajar en el tiempo, sobre todo cuando no había sistemas de grabación. Pero no. No hay arqueología de la sonoridad. Quizás los sabores pueden parecerse a los del pasado, los olores, el tacto siempre será el mismo frente a las superficies gélidas del mármol o cálidas de la piel, pero la música...

Y así caminando por Pompeya aparece la terrible ópera bufa de la muerte en los gestos de sus muertos petrificados. Parca cínica que dejó su traza en los cadáveres de las gentes de Pompeya, muerte sorpresiva, instantánea, que se dio el lujo de dejar unos cuerpos en cuya expresión no se ve ella, la muerte. Porque en cada cara y cada musculo de Pompeya, a diferencia de tantos otros lugares donde se han producido catástrofes naturales -estando allí no puedo dejar de recordar a Armero y mirar al Vesubio con la misma ira y desconfianza que me produce el Ruiz- el gesto no es el de los muertos, porque allí nadie tuvo tiempo ni siquiera de morir. Fue tan repentina la intensidad del calor de la lava, la explosión y las cenizas, que todos los rostros guardan tan solo ese mínimo instante en el cual ya no se esta vivo pero tampoco se ha muerto.

No es el rictus de la muerte lo que se reconoce en esas caras y esos cuerpos. Es el instante del paso de la vida a la muerte que no es lo uno ni lo otro. Un grito desgarrado o una tranquila pose, una pareja enredada haciendo el amor y hasta un perro inquieto, esas son las estatuas de carne, hueso ceniza y lava que reposan en Pompeya. Los muertos allí son mas bien esculturas, hasta fotografías, como si hubiera sido posible aquello que Goethe en Fausto pretendía: "detente instante".

Todo detenido, estático en el momento mismo del fin, hasta las divinidades de la casa, los lares. Todo muerto pero tan vivo, como si las puertas de la vida de Pompeya nunca más estuvieran cerradas, y hubiera quedado para la historia el recuerdo permanente de una sociedad que al desaparecer pretendió siempre ser recordada, sin perecer. Aunque la disolución se hubiera atravesado en su destino, pareciera que fueran las leyes de la vida y no las de la muerte las que rigieron y siguen rigiendo. Como si los pompeyanos hubieran conquistado la materia pétrea hasta hacerla inmortal, transmutándola. Construyendo el camino, la vía del arte, el amor, la vibración sensible y desatando la batalla genética contra la muerte.

Todas esas expresiones de los muertos de Pompeya parecen decir en ese instante de aniquilamiento, en ese momento de fusión con la madre tierra y aun en medio del pánico, que para ellos el fin del mundo pasó y no se dieron cuenta. Gestos de los muertos de Pompeya que pretenden ejercer el derecho al recuerdo para vencer la muerte porque la memoria y la historia, son las más grandes armas del hombre para vencer a la muerte. Y eso se siente en Pompeya.

Pasear por Pompeya es dividirse entre lo público y lo privado, lo colectivo y lo íntimo. En medio del fértil valle del rio Sangro, sus calles rectas o curvas están llenas de sorpresas. Es fácil encontrarse con la esquina esculpida, las cocinas de bronce, los hornos de las panaderías, las estanterías de las tiendas, todo el comercio de una clase enriquecida que rivalizaba en lujos con la aristocracia romana que, o bien residía en la ciudad, o venía por temporadas a disfrutar de los placeres de Pompeya, beneficiada con un gran acueducto construido en tiempos de Augusto que llevaba el agua, como hoy, del rio Serinus a toda la ciudad por tuberías de plomo y cerámica. Aristocracia que solía establecer sus carpas sobre la orilla del Mediterráneo a tan solo algunas cuadras de distancia en esa época, hasta que el dios Vulcano, el forjador, se disgustó.

De puertas para adentro Pompeya se abre a toda una serie de casonas gigantescas de grandes familias -algunas de la propia familia imperial- como la llamada de 'los amores dorados', la casa de Tiburnus, la del Fauno, ornadas de estatuas y jardines con cómodas cocinas y salas de baño y habitaciones que daban todas a grandes patios y jardines interiores en una atmosfera recogida. Muchas de estas casas se comunican por pasajes interiores con otras habitaciones donde Vivian los esclavos.

Entre estas villas es notable la de 'los misterios' al este de la ciudad, que pertenecía a la familia de los Istacidos, todos muertos en la erupción. Se multiplican allí los pórticos, atrios y peristilos todos adornados con largos frescos representando escenas bucólicas o grandes festividades dionisiacas. Como en la casa que poseía Cicerón, intimista y llena de luz. En materia de pintura, Pompeya ofrece la documentación más vasta y variada que existe sobre la pintura de la Antigüedad. Los maestros artesanos, decoradores de muros, hicieron gala de una altísima calidad. Pero resulta importante saber que la escuela de Pompeya fue autónoma y original. Buscando con paciencia en la caminata por Pompeya que no debe ser menor a toda una jornada, se pueden apreciar bellísimos paisajes, composiciones de frutas y de animales, escenas mitológicas y momentos de la vida diaria.

Algunas veces las pinturas son netamente realistas pero otras puramente fantasiosas. Hay toques de 'impresionismo' o sueños de una sociedad que tendía naturalmente a las utopías. Los colores líquidos fijados con ceras, solo se encuentran en la azotada ciudad. Aunque menos importantes que los de Roma, sus mosaicos de terracota y mármoles pintados, tienen una notable autonomía figurativa.

Y la escultura, en su mayoría primorosas copias de originales griegos, deja ver que los pompeyanos no solamente dedicaron la plástica al uso del gusto y la estética, sino a funciones practicas como pebeteros, incensarios o porta lámparas. La ciudad no escatima una buena dosis de bajo relieves en mármol. Vajillas en bronce o plata, mesas de mármol, braseros, ollas, estufas, completan la rica artesanía que aprovechaban los pompeyanos.

Sigo mi caminata entre esquinas y grandes espacios abiertos. El anfiteatro me toma con los pies cansados y las botellas de agua vacías. Me siento un largo rato y me dejo ir en volutas y ramalazos de ensoñación. Veo el circo, los pendones, escucho los gritos, presiento el hierro de los carruajes y el de la sangre, construyo espadas. Pompeya es un escenario para fantasear, para jugar. La tarde cae y los claro oscuros de calles y paredes se funden en un todo ocre. Tomo el camino de regreso y de nuevo sobre la vía de la Abundancia evoco los dioses de Pompeya, trato de hacerme a un oráculo particular. Algo me dice al oído que nunca se llega a la verdad porque esta siempre se transforma. Y la verdad de Pompeya es romana, pagana. ¿Que verdad puede haber en una fiesta que fue detenida de un solo golpe? ¿Acaban las fiestas? La de Pompeya ha perdurado, pétrea pero tierna.

Ya al salir del recinto amurallado, creo haber cumplido una vez más con mi lista de peregrinaciones. Aun si en Pompeya ya no hay eventos, su pequeño universo ha quedado en un orden y una quietud perfecta. Pompeya, ciudad amarrada a si misma, traza vieja de arte y de cultura, preservada por las casualidades de la tragedia. Más que en otro sitio, allí hay que creerle a los sobrevivientes y no a los historiadores. Aun si aquellos están muertos.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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