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Mientras en medio de las llamas y las balas o bombas que caían sobre el palacio de La Moneda el presidente se suicidaba con una ametralladora, los chilenos se aprestaban a vivir una dictadura atroz.
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Un canal de televisión chileno busca determinar cuál de todos los chilenos y chilenas es el más grande. Aunque desde el sentido común uno cree que todos somos más o menos iguales en tamaño, hecha la salvedad de una u otra condición del propio físico, lo cierto es que los humanos, chilenos o no chilenos, somos organismos provisionales destinados a desaparecer. Los candidatos a tanta grandeza están, por cierto, ya todos muertos. Y se discute mucho si Salvador Allende es más grande que, digamos, José Miguel Carrera o Violeta Parra. Los tres tuvieron una muerte violenta y prematura. La tragedia es un buen material para la fama. La nota dolorosa nos emociona, y queremos creer que el acumulado de metas grandiosas con caídas amargas hace ejemplares a las personas.
Los marinos llaman a sus huestes a votar por Arturo Prat, que perdió la vida en aquel abordaje insensato y heroico, y probablemente haya también, por qué no, un voto aborigen para Lautaro, también fallecido de mala manera, a los 22 años y de un lanzazo. Otros prefieren premiar a la poesía o a la música o a las acciones caritativas más que a las hazañas políticas o militares. Hay indignaciones en el país porque se supone que este escrutinio televisivo afectará el tamaño o el resplandor de nuestros iconos nacionales. Junto a los ya nombrados pujan por el sitial de la grandeza, en calidad de finalistas, Manuel Rodríguez, Alberto Hurtado, José Miguel Carrera, Gabriela Mistral y Víctor Jara.
Allende fue un presidente con grandeza, si consideramos no sólo el desapego que tuvo respecto de su propia vida, sino también el que su imagen estuviera en las portadas de todos los medios del mundo, así como el hecho de que hoy muchas calles o plazas llevan su nombre. Pero se pregunta uno si a nosotros, los que no somos grandes sino pequeños chilenos, o sea gente común y corriente, nos resultó conveniente tanta grandeza. Mientras en medio de las llamas y las balas o bombas que caían sobre el palacio de La Moneda el presidente se suicidaba con una ametralladora que le había regalado Fidel Castro (otro grande), los chilenos y chilenas nos aprestábamos a vivir una dictadura atroz que costó la vida o nos la amargó a muchos.
Nuestros presidentes más recientes, en cambio, fueron elegidos por mayoría de votos, agitaron poco las banderas, inflamaron escasamente las pasiones, cumplieron sus períodos sin heroísmos, no se dedicaron a la grandeza, y sin embargo en estos años de modesta administración pequeña hemos tenido mejor calidad de vida, más tranquilidad, más prosperidad, más respeto que la que tuvimos con Allende o con su amargo sucesor.
De José Miguel Carrera conocemos su estampa gallarda, aunque sus actividades revolucionarias fueron confusas, y se gastó quizá más en combatir a los chilenos republicanos que a los realistas. Su muerte es una mancha para nuestra historia, pero también es cierto que a partir de su ausencia se consolidó nuestro sistema de gobierno ordenado y austero, que ha sido una rareza, y nos dio paz por muchos años.
La Mistral y Neruda tuvieron el Nobel, lo que está muy bien, aunque ella hizo gran parte de su vida fuera del país en una larga cabalgata cultural, en tanto que Neruda defendió vigorosamente al estalinismo a lo largo y ancho del planeta. La grandeza, aunque sea poética, contiene a menudo muchas pequeñeces.
Se pregunta uno si no será más saludable para el país la existencia de muchos pequeños y pequeñas chilenos y chilenas, que no la de estos seres de bronce tan emparentados con la tragedia y que finalmente dejan tras sí, casi siempre, un rastro de dolor e incomodidad para los que no llegamos a tener su tamaño fabuloso.
Lo pequeño, lo normal, lo de cada día, es una condición de mejores vidas, de plenitudes difusas donde no existen ni arcos triunfales ni monumentos colosales. La falta de grandeza permite a las personas equivocarse, contradecirse, manifestar su humanidad. La pequeñez de los seres de carne y hueso que modestamente somos cada uno de nosotros sirve tal vez para tejer entre todos un mejor mimbre que el que nos legan estos héroes y heroínas con su olor a fracaso, a muerte y a gloria personal. Alejémonos de los grandes. Disfrutemos de lo pequeño.
Terra Magazine
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