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Reproducción
La serie de figuritas de La Pandilla Basura -inspirada en una colección estadounidense- sufrió prohibición en colegios limeños a fines de los 80.
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Jaime Bedoya
Lima, Perú
Con ingenuidad pre púber digna de una mejor causa, durante semanas estuve coleccionando las motitos Harley Davidson a escala que promocionaba un diario local. Completada la colección y llenado un cupón acreditándolo, se participaría en el sorteo de una moto de verdad, una Harley Sporster XL 883l del año. La moto venía además con casaca y casco oficiales. Esa era la coartada racional para un acto de irrebatible infantilismo. Nunca he tenido suerte ni en sorteos ni en bingos, salvo uno o dos pollitos ganados en una kermesse donde nadie se iba sin premio, sea pollito o jabonera. Lo que hacía aún más absurda la ilusión de ser favorecido por las esquivas leyes de la probabilidad.
Deposité mi cupón, acomodé las quince motitos inútilmente en un estante de la librería y perdí noción del sorteo. Haciendo espacio para las motos me encontré con evidencia que daba fe de una persistente recurrencia en el sebo de ofidio propio del coleccionismo. Almacenados entre los libros di con mis viejos álbumes de figuritas, modalidad primigenia de la ilusión a plazos. Ajados y amarillentos, pero enteros: el de México 70, Mi Perú, Batman y Figuras de la tv. Su añeja condición no impidió que gatillaran el recuerdo de muchos álbumes más, decenas de ellos. Y de cientos -o miles- de figuritas que circulando ansiosamente bajo la modalidad del trueque o el recurso de propinas lastimeras, signado su tráfico el santo y seña lingüístico de yala, nola. Algunos álbumes, en efecto, traían un cupón con derecho a un sorteo al cabo de ser llenado. Pero a los diez años un niño no se conforma con una recompensa probable. El premio certero e inmediato era llenar el álbum. Es decir, controlar el mundo conocido, y punto.
El álbum de México 70 es una reliquia por varios motivos. Primero que nada porque representa el sustento mismo de la mitología futbolística peruana. Para llegar a ese mundial eliminamos a Argentina, y jugamos como nunca ante Brasil para perder como siempre (4 a 2) en cuartos de final. Por añadidura, el álbum era auspiciado por Súper Epsa, supermercado estatal manejado por el gobierno militar de turno, y que a los ojos de un niño de esa época -a pesar de sus austeros juguetes ante la prohibición de cualquier exportación- era una cornucopia barrial. Ese álbum ostenta un doble valor de gloria deportiva y connotación socio política para las futuras generaciones.
Análogamente, el álbum Mi Perú es tesoro infantil de referentes patrios fundamentales, diluidos ahora por el falaz cosmopolitismo de la cultura en línea. El referente patrio de sus páginas sementeras eran los cuadros patrióticos que cubrían las paredes del Museo Republicano de Pueblo Libre. A saber: el español Francisco Pizarro trazando la línea en la Isla del Gallo antes de venir a conquistar, a la par que saquear, el Perú. El argentino San Martín proclamando la independencia de la República. Miguel Grau heroicamente derrotado en la batalla de Angamos ante Chile, etc. La gloriosamente sufrida historia de Mi Perú en cromos a todo color.
La última gran veta clásica de los álbumes de cromos, antes de ser ganados por la inmediatez de la televisión y la millonaria fastuosidad del negocio futbolístico contemporáneo, fueron las ciencias. Títulos como Lo Se Todo, Zoología y Botánica (Ed. Navarrete, 1975), o El Porqué de las Cosas, hablan por sí solos del hambre de conocimiento del niño de antaño. Es más, el éxito total hizo posible que llegaron a salir El Porqué de las Cosas # 2 y # 3. Pasada esta mini ilustración la demanda del mercado luego derivaría hacia el conglomerado masivo de Barbies y Animés, sucesos masivos a destajo, álbumes que opacaban las ciencias naturales a favor de una generación audiovisual hasta la epilepsia, gracias a los primeros e histéricos capítulos de Pokemón. Además, los cromos empezaron a ser autoadhesivos, produciendo un auto consumo de saliva infantil sobre cuyos alcances toca a la medicina pronunciarse.
Acaso el punto de quiebre entre ambos mundos fuera la sorprendente irrupción, año 1989, de una colección que marcaría un antes y un después en el negocio del coleccionismo infantil. Me refiero al legendario álbum de La Pandilla Basura, bajo el desafiante pie de imprenta de Editorial Merchante. Se trataba de 208 cromos vívidamente desagradables e inadecuados que, burlándose de los empalagosos Cabbage Patch Kids, escenificaba a clones de esos muñecones envueltos en las más escatológicas y revulsivas situaciones. Como ejemplo citemos a Tragón Agamenón (niñito que se abría el cráneo en dos para comer un pedazo de jamón), a Auxilio Emilio (pequeño atenazado por una grotesca mano verde que salía del excusado traumando irreversiblemente el normal alivio de sus necesidades) o Que Dedo Tadeo (párvulo que en su afán de sacarse un moco de la nariz se atravesaba el cráneo con el dedo índice). El álbum de la Pandilla Basura fue censurado y prohibido en los colegios de Lima, generándose una contracampaña que, tal como era previsible, redundó a favor de la popularidad y el espíritu anarquista del mensaje. El fenómeno, nacido en los EEUU, recorrió todo Latinoamérica con igual efecto y escándalo. Por lo que no sería inexacto afirmar a nivel continental que todo quien fuera joven en los '80 lleva algo de Pandilla Basura en su formación sicopedagógica.
El único rasgo en común es que todos y cualquiera de estos álbumes tenían siempre una figurita imposible de obtener. Ni comprando los cromos al por mayor, en gruesos y suculentos paquetes cuyo cotejo requería de tardes completas, aparecía la condenada figura. Simplemente no salía. Pero si bien los recuerdos no tienen precio, la nostalgia sí cotiza. Estos álbumes del ayer, con mayor razón si están llenos, se han convertido en preciados objetos de memorabilia por internet. El Copa América del 2007 se ofrece a 45 euros. El legendario Mi Perú (ed. Navarrete) está a 80 soles. Barbie: Trajes del Mundo (Ed. Navarrete), alcanza los 2900 pesos en una página web argentina. Y Dragon Ball Z5 (Ed. Navarrete, 1997), a 300 dólares.
La casualidad no responde a nada ni a nadie, porque no existe. Hace una semana, justo antes del sorteo de la moto, conocí en Nueva York al responsable de gran parte del coleccionismo infantil intergeneracional de figuritas. El venerable Luis Navarrete, fundador y guía de Editorial Navarete. Regresando de una visita a la Universidad de Yale, en una de esas maravillosas atracciones entre opuestos, uno de los que participaba en la visita recibió una llamada del amo y señor de los álbumes. Sin saber quiénes éramos nos invitaba a cenar a todos los que íbamos con su amigo. La cita era a las nueve de la noche en The View del Hotel Marriot de Times Square. Es un restaurante en el piso 48 del hotel que gira sobre su propio eje ofreciendo una visión panorámica de Manhattan mientras se come de un buffet que cada vez va quedando más lejos de la mesa.
La cena fue "revolvente", literal y metafóricamente. Navarrete, un hombre generoso y expresivo, con más de un signo exterior de riqueza visible, disimulaba muy bien su edad con su entusiasmo y con lo que parecía ser un tinte capilar de óptima calidad. Nosotros hacíamos bastante evidente nuestra pasada juventud con una divagación nostálgica de los todos los álbumes de su factura que habían alegrado, y angustiado un tanto, nuestra niñez. Contaba Navarrete que su primer álbum había sido el de México 70. El más exitoso, Dragon Ball, teniendo él como patrono a San Gokú. El gran fracaso, un álbum que hizo en México en honor a la Virgen de Guadalupe. No reparó en que el sobre en donde venían los cromos llevaba la imagen de la Santa Madre. Con justa razón los fieles locales se resistían a tener que partir en dos a la patrona de México para abrir un sobre de figuritas. Panini, su archirival italiano, no había hecho mella en la semántica profunda de su logo: el planeta tierra coronado por diez banderas. Las mismas que delimitaban las tierras conquistadas por los álbumes Navarrete.
Pero sin perder la compostura ni las buenas maneras, una inquietud recurrente fue tomando forma en la mesa, catalizada por las vueltas de la vida, del restaurante y de sendas botellas de vino que no dejaban de fluir: ¿cómo era eso de las figuritas que nunca salían, las imposibles? Sin que Navarete afirmara o negara nada, podría decirse que quedó claro que tales eran la clave misma del negocio de la figuritas. El know how amoral sin el cual el business del coleccionismo infantil no tendría razón de ser. La cena fue opípara y sin miramientos, el restaurante debe haber dado tres o cuatro vueltas sobre sí mismo mientras cenábamos. Pero el recuerdo incólume de miles de figuritas repetidas finalmente había tenido una retribución, al menos alimenticia. Estábamos frente a frente con Editorial Navarrete.
A los pocos días de regresar de Nueva York se realizó el sorteo de la moto que ya había olvidado. El afortunado ganador, imaginaba, por lo menos también había invertido su cuota de ilusión en el asunto. Eso, creía, hacía justa la fortuna ajena. A los pocos días navegando por internet encontré un aviso donde el afortunado ganador ponía en venta la Harley del sorteo sin siquiera haberla recibido. El caso y la casaca también estaban en venta, inclusive por separado. Los comentarios de los internautas eran condenatorios de su desdén crematístico ante el favoritismo del azar. La respuesta del suertudo era contundente. Lo hacía porque necesitaba finanziamiento (sic). Ya no hay valores. Ese pobre hombre nunca coleccionó un álbum.
Terra Magazine